LA CODIFICACIÓN EMOCIONAL Y LOS SUEÑOS

Por Dr. Juán Antonio López Benedí

Nuestras fantasías y sueños se desarrollan en función de una estructura metafórica, constituída por creencias e impulsos que necesitan ser liberados o equilibrados más allá de o previamente a nuestra razón. A partir de las críticas recibidas desde la psicología de la conducta se tendió a descartar la importancia que dio Freud a los sueños, sin embargo se siguen utilizando como herramientas de apoyo en ciertos sectores de la psicoterapia. Resultan muy útiles para integrarlos con otros tipos de tratamiento, incluyendo el cognitivo-conductual, para interactuar con aspectos latentes, primitivos y no verbales de los procesos internos e incluso para liberar bloqueos desde ellos.

Desde la publicación del libro de Freud sobre La interpretación de los sueños (1900), el desarrollo de los lenguajes metáfóricos y las herramientas metodológicas en el área cualitativa ha crecido enormemente. Esto ha permitido que nuestro conocimiento actual acerca de los sueños se haya expandido con rapidez. Hemos aprendido que los sueños no surgen sólo del conflicto, sino que se producen rutinariamente unas siete veces por noche a lo largo de cada fase conocida como REM. Incluso Freud reconoció, después de estudiar las pesadillas de combate de la Primera Guerra Mundial, que no son siempre cumplimiento de deseos. El tono emocional del sueño promedio es una representación negativa de nuestros miedos y decepciones más que de nuestros deseos. Freud suscitó cadenas de asociaciones que iban mucho más allá de los sueños del paciente, interesándose por una exploración abierta en relación con toda la historia del soñador. Existen fórmulas para acercarnos a ese mundo escurridizo y ponerlo a favor de nuestros intereses, sean estos los que sean. Hay posibilidades de tomar las riendas de nuestra vida, desde lo que suele quedar más allá de nuestra conciencia y voluntad. Y además se puede hacer sin depender de ritos y creencias esotéricos. Tan sólo necesitamos aceptarnos un poco más y recuperarnos en nuestro mundo emocional desde la fantasía, los símbolos y nuestra capacidad de juego natural. Porque, de la misma manera que los gestos muestran nuestras emociones, nuestras representaciones internas, nuestra imaginación y nuestros sueños, también lo hacen. Para avanzar por esta senda tan sólo hace falta voluntad, valentía y un buen saco de sonrisas.

Se mire por donde se mire, aun cuando no se tenga conciencia del mundo onírico, éste se encuentra presente en nuestro día a día. Es absolutamente imprescindible para la vida, para la salud de todo ser humano, aunque jamás se piense en él. No precisa ser pensado. No precisa de nuestro conocimiento o voluntad para existir. Desarrolla su propia forma de inteligencia para organizar y mantener la vida en nuestro organismo, desde el mismo impulso vital que nos inventó, independientemente de cualquier ideología espiritualista, religiosa, materialista o atea. Si prescindiéramos de soñar, aunque durmiéramos, moriríamos. Experimentos realizados por los nazis, en la segunda guerra mundial, lo comprobaron. Con respecto al mundo onírico nocturno, es bien sabido. Pero hay más. Los sueños diurnos, los sueños de nuestras ilusiones y esperanzas, los sueños que nos animan, alegran y motivan, son también motor imprescindible de la existencia. Sin ellos, nuestro corazón se detiene en la tristeza y la depresión. Todos lo hemos experimentado, con mayor o menor intensidad, en nosotros mismos y en las personas que nos rodean. Si no tenemos sueños tampoco somos capaces de fructificar en la prosperidad, la abundancia y la riqueza. Y con ello no quiero decir que por el mero hecho de soñar, de tener ilusiones, sea suficiente. Si, tras la imaginación, la fantasía y el entusiasmo, no trazamos la estructura y construimos piedra a piedra, será imposible habitar nuestro palacio. Soñar tan sólo pasivamente, alucinar, nos puede atrapar en el laberinto de una enfermedad mental. Pero darnos cuenta de la forma en que construimos nuestro palacio, piedra a piedra, a través de la ilusión, la motivación, los sueños y las metas, es una clave fundamental del autoconocimiento, de la Inteligencia Emocional y de la automotivación, como parte de la misma.

Podemos entender que las emociones que se configuran a través de los símbolos oníricos son una forma de exteriorizar todo aquello que normalmente no expresamos cuando estamos despiertos, pero que forma parte de nuestra íntima realidad. Nuestras representaciones imaginativas, nuestra fantasía, nos proporcionan un entorno seguro para dejar fluir lo que de otra forma tiende a quedar enquistado en nuestro interior. Por ello mismo, resulta de vital importancia familiarizarnos con nuestro mundo onírico, con nuestros sueños nocturnos y diurnos, para lograr un autoconocimiento eficaz.

La forma en que interiorizamos las relaciones o interacciones con el mundo, hasta que se convierten en símbolos oníricos, es decir, en el lenguaje de representación interna de los impulsos arquetípicos, tiene que ver con los sentidos; con la percepción primaria sensorial, común a todos los seres humanos. Los símbolos van desarrollando, desde las combinaciones básicas, arquetípicas, estructuras más y más complejas, como ocurre con los colores. Pero también aquí, como hacen los pintores, podemos entrenarnos para descubrir las estructuras básicas y alcanzar en esta forma un significado universal. Estos significados universales son la base para profundizar en nosotros mismos. Por medio de este lenguaje se puede interactuar con esa otra parte de nosotros; se pueden formular preguntas y lograr respuestas sabias, aplicables a nuestra vida cotidiana. De ahí la importancia de comprender y aprender a usar estos códigos emocionales.


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