¿Es posible vivir sin valores?

Por Dr. Juan Antonio López Benedí 

Los datos y referen­cias obtenidos a partir de mis investigaciones apuntan a que mientras exis­tan necesidades humanas, del tipo que sea, se plantearán va­lores como determinación de aquello que las satisfaga. Estos valores podrán ser explícitos o implícitos, conscientes o in­conscientes. Vivir sin valores resulta absurdo.

Lo habitual es que los valores se encuentren en conflicto en el inte­rior de cada persona. Aquí podemos encontrar la verdadera crisis de valores de la que tanto tiende a hablarse. Re­sulta necesario reconducir, de una forma metodológicamente fundamentada, la tradicional educación en valores y lo que suele entenderse cuando se ha­bla del tema.

Ha de comenzarse por aceptar la complejidad de la naturaleza humana y desde ahí, como consecuen­cia, replantearse de manera compleja e interactiva el sentido social de los valores y su orien­tación respetuosa en cuanto a las diferencias culturales, racia­les, de género y otras formas de consideración dentro de esa realidad humana compleja en la que nos movemos.

Lo que quedaron ob­soletas fueron las anti­guas formas de conside­rar los valores como tablas morales rígidas, de obligado cumplimiento para la salvación, idénticas en todos los casos y para todos los seres humanos. Podemos entender como ejem­plo que para una persona ham­brienta un trozo de pan no tiene el mismo valor que para quien se encuentra plenamente satis­fecha de comida.

La estructuración, ca­talogación y significa­ción de los valores, en su acepción evolutiva y compleja, debería considerarse desde la observación de la coherencia personal entre factores cons­cientes e inconscientes.

La evolución de su educación, por tanto, no ha de llegar desde fuera, por imposición norma­tiva abstracta, sino que debe irse gestando en forma orientada dentro de los cauces estableci­dos para la sesión pertinente en el aula, sin que tales cauces sean cerrados.

En este punto, la ma­duración y el trabajo personal de quien dirige la clase aparece como elemento fundamental. Si sus criterios se encontraran demasiado condicionados por una ideología determinada, de tipo religioso o político, tendería a generarse un sesgo discrimi­natorio hacia otras ideologías, creencias o culturas que impe­diría una integración y enri­quecimiento maduro, por parte del alumnado. Por ello mismo parece imprescindible que tal entrenamiento se genere en la formación del profesorado, de forma previa a su aplicación en el aula.

Unido a ello, ha de en­tenderse que la colabo­ración entre padres y profesores no solamente es posible sino que sería deseable. Las recomendaciones plantea­das en relación con la formación del profesorado habrían de ser extensivas a la familia, dentro del marco de referencia de las “escuelas de padres”, terminan­do con la polémica de si la edu­cación es responsabilidad de unos o de otros: nos concierne a todos.

Desde ahí asumimos nuestra investigación, compromiso y colabo­ración con el entorno social. Este es el sentido del Instituto de Educación en Valo­res que se ha creado en Ciudad Juárez, abierto a la colaboración con diferentes centros educa­tivos, instituciones, familias, maquilas y demás ámbitos del entorno social cotidiano.

Estamos abiertos a cualquier tipo de aclara­ción o propuesta, al servi­cio de la comunidad y las per­sonas, de forma respetuosa y aséptica con respecto a creencias religiosas o ideologías políticas.




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