Recuperando al niño interior

Por Juan Antonio López Benedí

Sean cuales sean nuestras circunstancias económicas, laborales, sociales, culturales, etc. todos tenemos derecho a la felicidad y el único secreto es: ¡Vivir jugando!

Los pueblos orientales y aquellos a los que se suele denominar primitivos, que no perdieron el sentido lúdico de sus vidas, nos sorprenden hoy porque aun viviendo en condiciones miserables, conservan la sonrisa y la serenidad en sus caras.

“¿Qué es lo correcto? Hay que pasar la vida jugando ciertos juegos: sacrificando, cantando y danzando de tal manera que sea posible tener para sí, por una parte, propicios a los dioses; por otra, defenderse de los enemigos y, en caso de luchas, vencer”1.

Con esta cita de Platón introduzco también la consideración que se tuvo de lo sagrado en el mundo griego, justo en el tiempo en que la razón comenzaba a desplazar los aspectos religiosos tradicionales, cuando la filosofía estaba forjando nuevas metas y caminos para dirigir la educación de las personas y de la sociedad. Los valores clásicos habían perdido relevancia ante la crítica sofística y el relativismo minaba todo un sistema devocional que, durante siglos, desde siempre, se mostró como un eficaz método de control de unas clases sobre otras y permitió la compleja estructura jerárquica sobre la que se asentó la Polis, la ciudad. Un nuevo mundo artificial iba ganando terreno -poco a poco- a la naturaleza. Cuando la conciencia crítica despierta, cuando se comienza a plantear, como hace Platón y otros muchos hicieron aunque no de todos se conservan sus esfuerzos y pensamientos, porque no consiguieron ejercer una influencia tan considerable, cuando se planteó reestructurar los modos de vida humana en función del concepto de justicia, lo sagrado comenzó a situarse con más claridad en la categoría de juego y desde ella fue posible estructurarlo, incluirlo dentro de la nueva planificación legal de la república, sin que por ello perdiera su sentido original, creativo, irracional o devocional, que se encontraba siempre en las raíces de toda manifestación humana primitiva y por lo tanto se reconocía como fundamental para los humanos, los animales y, tal vez, para la vida misma.

Platón reconoce que “hay que pasar la vida jugando ciertos juegos”, pues sin tal actividad, sin tal manera de relacionarse con lo divino, la naturaleza, o lo otro de la razón humana, todo aquello que aún no hemos logrado comprender, lo que se oculta detrás de la zona oscura, con el velo de la ignorancia, nuestro horizonte, se genera una carencia letal. Sin el juego llega la muerte; la sequedad del sinsentido. Porque es la ilusión del juego, el entusiasmo por aquello que valoramos por sí mismo, sin ninguna utilidad previamente definida, por amor al arte, lo que nos permite decir “sí” a los quebrantos de la existencia, al esfuerzo y el sufrimiento de cada día. Y no sólo podemos seguir adelante sino que lo hacemos, cuando procedemos lúdicamente, gozando y alcanzando, aunque solo sea en ciertos instantes, lo que nos es posible obtener de eso a lo que llamamos felicidad. El paraíso prometido en todas las religiones, el cielo, se alcanza así, humildemente, sonrisa a sonrisa, a través del juego.

Con los ritos iniciáticos de las antiguas fórmulas religiosas, se propiciaba el acceso al conocimiento íntimo, emocional, a ese juego secreto del poder personal, en las distintas profesiones o roles sociales, que consistía en valorar por encima de lo habitual, en dar un sentido extraordinario, sagrado, a las pequeñas cosas, a las pequeñas técnicas, que se fueron adquiriendo con esfuerzo, de generación en generación, y permitían el dominio sobre cierto sector particular de la naturaleza, con el propósito de gozar o facilitar un poco más la sobrevivencia: el reto constante de los seres humanos.

Entre tales ritos encontramos las referencias míticas al arte de la caza, la agricultura, la reproducción, la manufactura de armas, de herramientas para el campo, de barcos, etc. Pero también encontramos un elemento constante: el juego con la muerte. Los deseos de supervivencia desarrollaron, desde la más remota antigüedad, complicadas e imaginativas ceremonias para asegurarse el éxito en la guerra y la continuidad de la existencia en un más allá necesario porque, en el fondo, resultaba imposible admitir que quien vivió, sintió, amó y fue amado, dejara repentinamente y para siempre de hacerlo.

En Egipto se desarrolló, en conexión con los mitos correspondientes y precisamente para hacerlos «vivos», para dinamizarlos, una dramatización lúdica, mágica, de sus concepciones prácticas sobre la vida. Ellos vivieron con el límite constante, con la preocupación continua de la lucha con la muerte, con la supervivencia, presente en todo momento, por su geografía característica del desierto, el no ser, en fuerte contraste con el Nilo: su fuente de vida. Y tal tensión lo impregnaba todo.

El sentido lúdico es la sal de la vida

Según la opinión de John Rowe2, director del Hospital Mount Sinai, USA, “la mayor parte de la gente es capaz de desarrollar casi cualquier tipo de actividad física hasta alrededor de los 85 años”. Otra de las referencias recogidas es la de George Maddox, especialista en geriatría, quien afirma que “esas cosas terribles que les suceden a algunos no son la consecuencia inevitable del reloj biológico que todos llevamos dentro, cada cual envejece de una manera distinta”. Y también se encuentra en un informe del Instituto Nacional de Salud Mental de EEUU5 que “muchas de las ideas que existen hasta ahora sobre una decadencia grave y genéticamente programada estaban basadas en el examen de personas que los geriatras encontraban en los asilos y hospitales”. Y finalmente llega a resumir Beatriz Iraburu3 que, según el mencionado libro, “la calidad de la vejez depende, en buena parte, del modo como cada cual encare esa parte de su vida: quien se aísle de los demás y se encoja por dentro se irá arrugando, no ya física sino también mentalmente; quien se esfuerce en seguir queriendo y aprendiendo mantendrá muy probablemente un alto grado de vitalidad”. Y en este punto es donde encaja mi reflexión antropológica sobre el juego y, en general, en relación con el sentido de la vida. El artículo anterior refleja el interés de la investigación que le sirve de base como búsqueda y análisis de elementos sociales y económicos, como lo que denomina la “industria norteamericana del asilo, las residencias de ancianos y las firmas farmacéuticas”, relacionados con el fantasma de la vejez y la decrepitud, que se pretenden despejar, aunque sin entrar en el marco de comprensión antropológica que aquí me propongo y desde el cual pueden elaborarse alternativas prácticas y eficaces.

A través del juego todos los animales, y no sólo las personas, aprenden imitando las conductas de los individuos con los que se identifican, siendo éstos normalmente sus padres, amigos, líderes o jefes, que exhiben modelos de actuación deseables. Pero en el caso que nos ocupa, al margen de que culturalmente se haya perdido una gran parte de la dinámica del juego, debido a factores educacionales o prejuicios culturales, también ocurre, como explica Ellen Langer, psicóloga de la Universidad de Harvard, que “muchos de los miedos que las personas de edad tienen respecto al futuro están exacerbados por la ausencia de ejemplos sobre lo que puede ser la vida a partir de los setenta años”. Por esto mismo nos resulta esencial comprender adecuadamente en qué consiste esta clave natural, esta herramienta adaptativa y recreativa de la vida4. Este enorme tesoro que representa nuestro “niño interior”, como elixir de la eterna juventud.

1 Platón: Diálogos. “Las Leyes” VII – 803 e.

2 Esta referencia fue recogida por Beatriz Ibarburu en un artículo aparecido en el suplemento dominical del diario El Correo Español del Pueblo Vasco, ( 24/10/1993), como comentario del libro The Fountain of Age, escrito por Betty Friedan, de reciente aparición y gran impacto, según la citada periodista, en EEUU.

3 Artículo del suplemento dominical de El Correo Español del Pueblo Vasco del 24/10/1993.

4 En este sentido es importante considerar los estudios hechos por eminentes investigadores como J. Huizinga, quien despertó un gran interés por la cuestión y movió a muchas otras indagaciones y publicaciones.




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