Nuestro origen biológico y social, como seres humanos, es la dependencia. De no ser por ella, hubiéramos muerto; nos hubiéramos extinguido. Los seres humanos somos una especie que no nace completamente preparada para la subsistencia. La gestación continúa después del nacimiento en diferentes sentidos. Abandonados física, mental y/o emocionalmente al nacer no tenemos posibilidades de sobrevivir. Quienes lo lograron, como es el caso de algunos niños y niñas, fue porque terminaron siendo adoptados por animales, como los lobos o los monos.

            Tal vez, por eso mismo, cuando comienza nuestra reacción hormonal adolescente soñamos con la independencia, siguiendo también nuestra inclinación natural hacia el desarrollo de la individualidad. En esta etapa tendemos a sentirnos invulnerables y omnipotentes. Creemos que estamos descubriendo el mundo, con ideas redentoras para solucionar los problemas del entorno, fundamentalmente personal proyectado a la humanidad idealizada, sin tomarnos el tiempo para documentar y evaluar, con un  auténtico sentido crítico, los intentos, esfuerzos y progresos previos. El egocentrismo aumenta hasta tal grado que tendemos a pensar que todos los demás son o eran ignorantes, además de estar completamente equivocados en su forma de pensar o actuar. Pero es sin embargo una etapa importante, necesaria y muy valiosa, a pesar del impulso pendular que nos lleva de la dependencia completa necesaria a la independencia absoluta idealizada. Una cosa es pretender ser individuos o sociedades maduros que superan la necesidad de la dependencia y otra cosa muy diferente es estar verdaderamente preparados para conseguirlo.

            Una persona con una dependencia física (tetrapléjica o enferma de Alzheimer, por ejemplo), necesita ayuda de los demás. Quien no tenga suficiente madurez emocional, tomará sus decisiones y sentirá seguridad en función de la opinión de los demás. Si su dependencia es intelectual, por más rebelde y revolucionario/a que se sienta, contará con que otros/as que piensen y decidan por él o ella ante los principales problemas de su vida.

            Cuando una persona es auténticamente independiente es capaz de mantenerse y desarrollarse por sus propios medios físicos, financieros, intelectuales y emocionales, lo cual implica que sea capaz de construir su propia opinión ante hechos poco aceptados por la mayoría, contará con un impulso de emprendimiento en entornos poco favorables y no necesitará hipotecar su vida en relaciones poco satisfactorias, por el miedo a la soledad. Ahora bien, esto no debe confundirse con un individualismo aislacionista radical. La vida humana, la vida en general, es interdependiente; se desarrolla siguiendo el modelo del ecosistema, con interacciones complejas constantes. Se precisa pues encontrar un equilibrio adecuado entre la dependencia y la independencia; el sabio camino medio, entre los extremos inviables o autodestructivos.

            Podría decirse que cierto sesgo egocéntrico de nuestra época ha ensalzado  exageradamente la independencia, como si fuera la mejor de las metas humanas posibles, individual y colectivamente, para el logro de la felicidad, como auto-realización plena. Sin embargo, un exagerado o mal entendido afán de independencia puede empujarnos, por ceguera adolescente y visceral, hacia dependencias mucho más amargas. De la misma forma que una globalización extrema super-proteccionista o capitalizada, explícita o implícitamente, por grupos minoritarios polarizados económica o ideológicamente, así como por personas concretas, puede llevarnos a la robotización total manipuladora de fantasías libertarias.

            La noble búsqueda de la independencia debe estar por tanto cimentada en una empatía solidaria y en una autoestima crítica, madura y responsable. Tal vez necesitemos para ello, desde un voto de sincera y crítica humildad, seguir trabajando aún más individual y colectivamente.

            Para seguir motivándonos en esta senda, propongo un brindis por el logro, en el menor tiempo posible, de la independencia ecosistémica facilitadora del máximo de libertad y riqueza particular y colectiva, sin necesidad de manipulaciones ni utilitarismos traicioneros y mentirosos. ¡Sea!

Autor

Dr. Juan Antonio López Benedí

ievalores.com




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