Dr. Juan Antonio López Benedí

Hay circunstancias, momentos de excepción, en los que la vida nos sorprende y toca con intensidad, abriendo una grieta de dolor en mitad del pecho; momentos que nos remueven y sacan de nuestras rutinas, de forma inesperada. Así ocurrió recientemente en la ciudad de El Paso (Texas). Cuando habitamos en lugares distantes, cuando no tenemos vínculos familiares o de amistad, se mira la noticia como una más; otra de las ciudades Norteamericanas en las que pasan estas cosas. Otra noticia entre diferentes tipos de atentados hacia la integridad física de las personas, por diferentes causas, en México, Venezuela, España, Italia, Francia, Inglaterra, Turquía, Siria, Palestina y muchos otros países de Asia, África o Australia. Hay tantas noticias de muertes, violaciones, torturas, injusticias, guerras, que nuestra mente se defiende poniendo una máscara sobre nuestra conciencia, para no saturarnos de dolor.

Pero hay ocasiones en las que tales defensas no funcionan, porque sentimos la conmoción demasiado cerca de nuestra casa, destruyendo inesperada e injustamente vidas de personas conocidas, directa o indirectamente, con las que en algún momento nos hemos cruzado e intercambiado saludos, sonrisas y esperanza. Como es el caso de Elsa, esposa de un profesor de la UACJ que, tras haber superado un cáncer, un joven desequilibrado, fanatizado por ideas que generan repulsa inmediata en cualquier persona de mente sana, termina con su vida por medio de disparos que sólo pretendían causar dolor indiscriminadamente, ante una supuesta “invasión de hispanos”. Así ocurrió con más de 20 personas que terminaron muertas mientras realizaban sus compras de sábado, como parte de sus inocentes rutinas. Entre ellas también estaba una madre, Jordan Anchoro, que compraba útiles escolares con su marido. Murió protegiendo a su bebé de los disparos y terminó cayendo sobre él rompiéndole varios huesos. Y veinticuatro personas más que siguen sufriendo en su carne la consecuencia del atentado irracional en esa plaza comercial de la ciudad de El Paso, muy frecuentada por personas de origen mexicano. Un lugar tranquilo, inmerso ahora en un dolor repercutido entre miles y cientos de miles de personas, vecinos de ambos lados de la frontera.

No nos toca a nosotros juzgar ahora las causas ni buscar justicia, tarea en la que ya se encuentran trabajando las autoridades correspondientes. Pero sí nos toca, por empatía, la resonancia emocional de ofrecer apoyo, consuelo y reparación para el dolor, de la misma manera que muchas personas han ofrecido su sangre en donaciones voluntarias, desde su necesidad de cooperar humanamente en lo que se pueda, además de orar y participar en manifestaciones silenciosas de repulsa. También el presidente Donald Trump ha condenado los hechos y el supremacismo blanco. Desde el Instituto de Educación en Valores, además de mostrar nuestra condolencia, ponemos a disposición una serie de actividades y servicios, orientados a paliar el dolor y restablecer el sentido de la vida, así como el valor de las personas y de cada proceso, relación, vínculo, idea, proyecto y orientación que nos ayude a contrarrestar la barbarie, con un sentido más profundo de cercanía, de familia humana extensa, de afectividad compensatoria y determinación para seguir construyendo humanidad, esperanza social, valores ciudadanos y conciencia de paz, que sonríe con ternura y comprensión.


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